¿Por qué damos buenos consejos a los demás pero no podemos hacerlo con nosotros mismos?

Todos hemos tenido amigos con algún problema en sus vidas que acudieron a nosotros en busca de consejos. Como observador externo, generalmente tenemos una buena perspectiva desde la cual expresar nuestros pensamientos. Pero muchos de nosotros también hemos sido ese amigo, la persona con ese problema. 

En esas situaciones, es mucho más difícil darnos buenos consejos. Al menos, es mucho más difícil hacer lo que sabemos que deberíamos hacer. ¿Por qué es eso? ¿Por qué somos capaces de dar buenos consejos a los demás, pero nos cuesta aplicar esos mismos consejos en nuestras propias vidas?

Dos psicólogos canadienses realizaron una serie de estudios para responder esa misma pregunta. 

La paradoja de Salomón:

El término paradoja de Salomón sirve para identificar la contradicción entre pensar sabiamente en los problemas de otras personas, pero no hacerlo por nosotros mismos. 

El rey Salomón fue considerado un hombre de gran sabiduría. La gente viajaba grandes distancias para buscar su consejo. Pero lo que no se recuerda tan bien es que su vida personal no fue tan sabia. Tomó malas decisiones en repetidas ocasiones, tenía una pasión incontrolada por el dinero y las mujeres (mujeriego en serie que tuvo cientos de esposas y concubinas), se olvidó de instruir a su único hijo que llegó a arruinar el reino. De ahí el nombre, la paradoja de Salomón. Mucha sabiduría para los demás, pero no para sí mismo.

Pero no fue solo Salomón quien tuvo este problema, muchas personas en la historia mostraron algo de sabiduría al considerar los problemas de otras personas, pero cuando llegó el momento de aprovechar esa sabiduría, no actuaron por sí mismos.

Ponerse en los zapatos de otra persona:

Para solidificar esa observación de que las personas razonan mejor a través de los problemas de los demás que de los propios, los investigadores diseñaron una serie de experimentos muy interesantes para ver si había una manera de que las personas canalizaran su propia sabiduría y consejos. Primero, eligieron a un grupo de participantes, todos con relaciones de pareja de largo plazo, a leer historias que involucran un conflicto interpersonal.

Cada participante del estudio fue asignado al azar a uno de dos grupos. Al primero se le dijo que imaginara a su propia pareja admitiendo actos de infidelidad. Al segundo grupo se le pidió que imaginara a la pareja de un amigo admitiendo actos de infidelidad. Luego le hicieron a cada grupo preguntas que midieron el grado en que participaron en los siguientes procesos de razonamiento:

  • ¿Cuán interesados ​​estaban en recopilar más información sobre la infidelidad para formarse un juicio?
  • ¿Cómo intentaron considerar las perspectivas de otras personas involucradas?
  • ¿De cuántas maneras pensaron que podría desarrollarse la situación?
  • ¿Hasta qué punto intentaron integrar diferentes opiniones en forma de compromiso?

Cada una de esas preguntas les ayudó a identificar si los participantes estaban participando en un razonamiento que era fundamental para un juicio sabio y que respaldara tanto el bienestar individual como el de la relación.

Descubrieron que cuando los participantes hablaban sobre los conflictos de sus amigos a diferencia de sus propios conflictos, estaban un 22% más dispuestas a buscar más información sobre las circunstancias del conflicto y también tenían un 31% más de probabilidades de ver la situación desde múltiples perspectivas. Quizás lo más interesante es que estaban un 15% más dispuestos a considerar una solución de compromiso para los problemas de los demás en lugar de los propios.

Entonces como Salomón, en promedio parecemos ser mejores dando consejos que canalizando los nuestros. ¿Significa esto que estamos condenados porque no podemos apelar a nuestro propio juicio? 

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Auto conversación en tercera persona:

En un segundo estudio, exploraron por qué caminar en los zapatos de otra persona nos ayuda a tomar mejores decisiones. Usaron la misma condición del primer estudio (considere que su pareja o la pareja de su amigo admite la infidelidad), pero dividieron a los participantes en dos subgrupos: aquellos que hablarían sobre el escenario de infidelidad usando pronombres en primera persona (yo) y aquellos que hablarían de ello usando pronombres en tercera persona (él, ella). 

Por ejemplo, alguien que hable de su propia situación hablaría del escenario diciendo: “Recientemente descubrí que mi cónyuge está teniendo una relación extramatrimonial”. Los participantes que discuten su propia situación usando el pronombre en tercera persona dirían: “Recientemente descubrió que su cónyuge estaba teniendo una aventura extramatrimonial”.

Una vez más, observaron la paradoja de Salomón. Los participantes que utilizaron pronombres en primera persona para discutir su propia situación mostraron menos capacidad para reconocer los límites de su propio conocimiento, considerar las perspectivas de los demás y buscar un compromiso. Sin embargo, los que usan pronombres en tercera persona, exhibieron cantidades comparativamente más altas de pensamiento sabio.

Parece que al eliminar verbalmente sus propios intereses personales del escenario, los participantes tenían un 35% más de probabilidades de ofrecerse a sí mismos consejos igualmente sabios y bien razonados que normalmente darían a los demás.

¿Importa la edad?

Después de determinar que la distancia verbal ayudó a las personas a aprovechar su propia sabiduría y razonamiento, querían saber si la edad y la madurez también contribuyen a la sabiduría. Tradicionalmente, se cree que la vejez y la sabiduría van de la mano, pero ¿Existe realmente una conexión entre la edad y la capacidad de razonar sabiamente sobre los propios problemas?

Para probar esto, realizaron un tercer estudio, conceptualmente idéntico al segundo estudio sobre la traición a la confianza por parte de un amigo cercano, pero esta vez, dividieron a los participantes en dos grupos de edad: 24-40 y 60-75. Ambos grupos de edad demostraron la paradoja de Salomón al reflexionar sobre su propio escenario utilizando lenguaje en primera persona, pero aquellos que usaron pronombres en tercera persona mostraron un 13% de razonamiento más sabio, promediado en las dimensiones de reconocimiento de los límites de su propio conocimiento, consideración de diferentes perspectivas y formas en que puede desarrollarse la situación, y voluntad de compromiso.

Al dividir los grupos de esta manera, también pudieron medir si los participantes mayores razonaron o no con más sabiduría sobre sus conflictos personales. Los resultados no mostraron diferencias según la edad. En última instancia, descubrieron que la capacidad de razonar sabiamente sobre los problemas personales no es una característica fija, ni está ligada a la edad. Es la situación en sí misma y la perspectiva que tomamos lo que afecta dramáticamente la forma en que razonamos sobre los problemas en nuestras vidas.

Por lo tanto, parece que al estar involucrado emocionalmente en las situaciones, nos limita nuestra propia capacidad mental. así que antes de dejar que tus emociones se vuelvan locas, considera la posibilidad de dar un paseo en los zapatos de otra persona y pensar en cómo aconsejarías a una persona que maneje la misma situación. Te ofrecerás una perspectiva que te ayudará a darte el mismo buen consejo que le darías a otra persona. Y eso será lo mejor para todos.

Roger Garcia

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